14 de marzo de 2017
Compilador: German Saltrón Negretti
Mientras
algunos atribuyen la celebración del Día de la Madre a una
estrategia mercadotecnica y comercial, la realidad es que su origen
tuvo un sentido muy diferente.
Las
celebraciones por el día de la madre se iniciaron en la Grecia
antigua, en las festividades en honor a Rhea, la madre de Jupiter,
Neptuno y Plutón.
El origen del actual Día de la Madre
se remonta al siglo XVII, en Inglaterra. En ese tiempo, debido a la
pobreza, una forma de trabajar era emplearse en las grandes casas o
palacios, donde también se daba techo y comida.
Un
domingo del año, denominado «Domingo de la Madre», a los siervos y
empleados se les daba el día libre para que fueran a visitar a sus
madres, y se les permitía hornear un pastel (conocido como «tarta
de madres») para llevarlo como regalo.
Esta
celebración se desarrollaba colectivamente, en bosques y praderas.
Aunque
algunos colonos ingleses en América conservaron la tradición del
británico Domingo de las Madres, en Estados Unidos la primera
celebración pública del Día de la Madre se realizó en el otoño
de 1872, en Boston, por iniciativa de la escritora Julia Ward Howe
(creadora del «Himno a la república»). Organizó una gran
manifestación pacífica y una celebración religiosa, invitando a
todas las madres de familia que resultaron víctimas de la guerra por
ceder a sus hijos para la milicia.
Tras
varias fiestas bostonianas organizadas por Ward Howe, ese pacifista
Día de la Madre cayó en el olvido. Fue hasta la primavera de 1907,
en Grafton, al oeste de Virginia, cuando se reinstauró con nueva
fuerza el Día de la Madre en Estados Unidos, siendo Ana Jarvis, ama
de casa, quien comenzó una campaña a escala nacional para
establecer un día dedicado íntegramente a las madres
estadounidenses.
En
memoria de una madre
Luego
de la muerte de su madre en 1905, Jarvis decidió escribir a
maestros, religiosos, políticos, abogados y otras personalidades
para que la apoyaran en su proyecto de celebrar el Día de la Madre,
en el aniversario de la muerte de su propia progenitora, el segundo
domingo de mayo.
Tuvo
muchas respuestas, y en 1910 esta fecha ya era celebrada en casi todo
Estados Unidos.
En
1914, el Presidente Woodrow Wilson firmó la proclamación del Día
de la Madre como fiesta nacional, que debía ser celebrada el segundo
domingo del mes de mayo.
La primera celebración oficial tuvo
lugar un día 10 de mayo, por lo que este día fue adoptado por
muchos otros países del mundo como la fecha del «Día de las
Madres».
En
México, los aztecas ya honraban la maternidad
A
la madre de Huitzilopochtli
Honrar
la maternidad también fue característica de las culturas que
poblaron Mesoamérica antes de la Conquista. Una de ellas, la azteca,
rendía culto a la madre de su dios Huitzilopochtli, la diosa
Coyolxauhqui o Maztli, que según era representada por la luna.
La
mitología cuenta que durante la creación del mundo fue muerta a
manos de las estrellas, que celosas, le quitaron la vida para que no
diera a luz a su hijo Huitzilopochtli, quien representaba al sol, sin
embargo, éste sí pudo nacer, venciendo a las tinieblas.
Los
indígenas rendían especial tributo a esta diosa y dedicaron a ella
hermosas esculturas en oro y plata, que no sólo revelan profundo
sentido artístico sino la importancia tan grande que ellos concedían
a la maternidad.
La
peregrinación al Tepeyac
El
más representativo de estos rituales era el celebrado a mediados de
la primavera, en el cerro del Tepeyac, con el fin de honrar a la
madre de los dioses, Tonantzin, cuyo nombre significa «nuestra madre
venerable».
Los
festejos a la maternidad entre los aztecas eran de carácter sacro.
Peregrinar desde distintos puntos del antiguo México para honrar a
Tonatzin, era un acto de comunión cósmica y una ceremonia de
reconocimiento a la propia madre.
Tonatzin,
como dice la historiadora Bibiana Dueñas, «era “la Madrecita”, y
tenía por mayor atributo la vida; ella la daba. De allí su
importancia y su fuerza más grande. Era el elemento vital de la
sangre y, por lo tanto, también la guerra y la muerte eran sus
atributos». En las fiestas se le invocaba como «madre de las
divinidades, de los rostros y los corazones humanos». Tonatzin
aparecía muchas veces, según cuentan, como una señora vestida
elegantemente de blanco; de noche gritaba y pregonaba.
También
cuentan que traía una cuna a cuestas, como quien trae a su hijo en
ella; iba al mercado y se acomodaba entre las otras mujeres; más
tarde desaparecía, abandonando la cuna por ahí. Cuando las otras
mujeres advertían la cuna estaba olvidada, se asomaban a ella y
encontraban un pedernal, con el cual se hacían sacrificios en su
honor.
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