martes, 25 de mayo de 2021

domingo, 23 de mayo de 2021

QUÉ ES Y QUÉ HACE UN INTELECTUAL

 

Luis Britto García

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Intelectuales, inteligencia, intelócratas, intelligentzia,  incluso brillantina o pomada son términos en boga desde 1880, cuando un grupo de pensadores y artistas fija posición en Francia sobre el controvertido caso Dreyfus y tras pugnaz debate logra su  revisión. Si la terminología es novedosa, el tema  se remonta a las primeras sociedades humanas. Desde las tribus originarias con sus chamanes y piaches, Egipto con sus escribas, China con sus mandarines, Grecia con sus filósofos  y la Edad Media con sus monjes han existido seres humanos especializados en la concepción, preservación, difusión y aplicación de ideas. ¿Cuáles de ellos pueden ser apropiadamente designados como intelectuales, en el sentido moderno?

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Para el cuarto trimestre de 2018, el Instituto Nacional de Estadística informa que  de 32.985.763 venezolanos están económicamente activos 15.947.719, cerca de  la mitad. De ellos,  15,08% son profesionales, técnicos y afines; 3,6%  gerentes, administradores o directores¸ 7,1%  empleados de oficina y afines, y 17,8% vendedores y  dependientes. Un 44,3 % de la fuerza de trabajo, aproximadamente la cuarta parte de la población,  se desempeña en labores de recolección, procesamiento y difusión de información, en las cuales prepondera aproximativamente el uso del intelecto sobre el esfuerzo físico. Se los puede catalogar por ello como trabajadores intelectuales.

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Sin trabajador intelectual no hay civilización. Desde que el  sapiens empleó por primera vez un guijarro  como herramienta, los trabajadores intelectuales originan y preservan las más decisivas prácticas y trascendentes cambios  de la Historia. Actualmente, activan el llamado sector terciario de la economía (investigación, educación, información, turismo, entretenimiento, finanza, política) que genera cerca del 70% del PIB global. La fisonomía de un país se revela más que por cualquier otra cosa por la proporción de trabajadores intelectuales que aloja. Pero una mayoría de éstos sólo  aplica fórmulas y procedimientos elaborados por otros, sin añadirles ni omitirles componente  alguno. Para ser calificado de intelectual en el sentido moderno, el trabajador intelectual debe además ser creativo, proponer nuevas ideas o conocimientos o reelaborar significativamente los que existen.

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Mas no basta con desempeñarse creativamente en la generación, reelaboración o difusión de información para ser considerado intelectual en el sentido moderno. Tal designación se aplica históricamente  para aquellos que utilizan la prominencia obtenida en su campo específico para intervenir en el debate público. Newton, que  circunscribió sus estudios a las ciencias naturales, es un trabajador intelectual; Voltaire, Zola, Marx, Engels, que utilizan sus destrezas como escritores y pensadores para proponer creativamente cambios sociales y políticos, son intelectuales en el sentido moderno del término.

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Esta distinción no niega ni elude el concepto de intelectual orgánico desarrollado por Gramsci. Entre los trabajadores intelectuales la mayoría pueden ser considerados orgánicos en cuanto aplican sus destrezas específicas en instituciones de la clase a la cual pertenecen, bien para perpetuar su hegemonía o para instaurarla.  Si bien hay intelectuales que no muestran una adscripción institucional, el sentido de sus obras la suple. Pero sólo deberían ser considerados intelectuales, en el sentido contemporáneo del término, el   grupo de trabajadores intelectuales que ejerce una función creativa y además interviene  activamente en el debate público Noam Chosmky,  lingüista prominente  del personal académico de una institución universitaria, es asimismo persona pública, que al expresar sus opiniones puede influir e influye de hecho en el curso de los acontecimientos que comenta. 

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La influencia en el debate público se puede ejercer incluso fuera de la voluntad del trabajador intelectual. Nadie más alejado de la intención de participar en una polémica pública que Nicolás Copérnico, quien dispuso que sus trabajos sobre el sistema heliocéntrico permanecieran inéditos hasta después de su muerte. Pero la idea expresada en ellos era de tal  relevancia, modificó  tan decisivamente nuestra percepción del mundo, que todavía hoy hablamos de revoluciones “copernicanas”. De igual forma se negó Charles Darwin a participar en el enconado debate que suscitó la publicación de El Origen de las Especies, pero sus investigaciones todavía determinan en gran parte la manera en que interpretamos la vida. Me inclino  por calificar también de intelectuales a las personas cuyo trabajo conceptual opera un decisivo efecto económico, político, social o cultural, aunque éste no haya sido programado, previsto o debatido por su autor.

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Decía Gramsci que cada clase social tiene sus intelectuales: con la adscripción clasista por lo regular se heredan las ideas, aunque esta adscripción puede ser electiva. Vienen Carlos Marx y Federico Engels de  familias  burguesas, y su pensamiento no sólo los emancipa de ellas, sino que casi emancipa al mundo. Por el contrario, mucho intelectual surgido de las clases explotadas no tiene más ambición que celebrar a los explotadores y a través de tal estrategia convertirse en uno de ellos. Pues así como las clases dominantes controlan la producción material, tratan también de regir la producción intelectual con las instituciones de la superestructura: escuelas, secundarias, seminarios, academias, iglesias, inquisiciones, universidades, fundaciones, tanques de pensamiento, centros de investigación, medios de comunicación. En cada una de ellas operan  jerarquías de trabajadores intelectuales que defienden y reproducen el sistema. El intelectual revolucionario que lo desafía es un héroe vetado y perseguido por los aparatos culturales del sistema contra el cual insurge, y a veces del que ayuda a fundar.

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La categorización precedente incluye a los artistas. Una obra de arte es una idea expresada sensorialmente. Pocas cosas tan decisivas en el debate ideológico como las creaciones estéticas, bien por el contenido ideológico que expresan, bien  por la autoridad de que  invisten a las opiniones del creador. Las composiciones  de Chopin y  de Giuseppe Verdi son  poderosos agentes del resurgimiento nacional de Polonia e Italia. La Guernica de Picasso es  lápida de la sepultura ideológica del fascismo.

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Toda  revolución de la modernidad ha sido preparada conceptualmente por vanguardias ilustradas. Para la constitución de  éstas  es necesario un núcleo de trabajadores intelectuales con dificultades de integración social y habilidad para participar en el debate público; con creatividad para formular un proyecto alternativo; que el mismo suscite adhesiones; que éstas sean validadas por un compromiso,  y que dispongan de medios de comunicación  para divulgarlo. Sin intelectual no hay revolución. Lograda ella, es indispensable comprender la realidad para planificar la nueva sociedad, defenderla  y mantener la cohesión de las clases emergentes. Sin intelectuales no hay socialismo.

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 Así como con frecuencia critica, debe el intelectual aceptar críticas, siempre que sean formuladas en sus mismos términos: razonamientos claros, hechos concisos, pruebas decisivas. ¿Qué responder a quienes menosprecian la tarea del pensamiento? De una vez y para siempre  contestó de manera lapidaria al místico Weitling el joven Carlos Marx: “La ignorancia no ha servido jamás a nadie para nada”.

TEXTO/FOTO: LUIS BRITTO.

 

domingo, 16 de mayo de 2021

COLOMBIA BAJO LA REPRESIÓN

 LUIS BRITTO GARCÍA 

                 Que tanto es el dolor por mis hermanos

                 Cuya carne armoniosa y  sacrosanta

                  Negócianse el sajón y los gusanos

         AQUILES NAZOA: Grecia bajo la represión.

 

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Qué decir de Colombia, parte del sueño de nuestro Libertador, del sueño  de Nuestra América. Del genocidio y el despojo contra los pueblos originarios surgieron oligarquías terratenientes orientadas siempre hacia el comercio desigual con el exterior y nunca hacia el desarrollo interno. El país vecino era  el eslabón central del plan geopolítico de Bolívar, que reunía la Capitanía General de Venezuela, Quito y el Virreinato de la Nueva Granada en un gran país al cual llamó, a secas, Colombia. Este formidable bloque guardaba en el Istmo de Panamá el potencial de una vía que podía unir los océanos Atlántico y Pacífico y por consiguiente dominar el comercio del mundo. El Libertador menciona el proyecto del canal en varios de sus documentos claves, y nombra una comisión para cumplirlo. Las oligarquías locales secesionaron el inmenso bloque;  la neogranadina dejó que Estados Unidos la despojara del Istmo. Se decía que Colombia era el país más rico de América Latina, porque tenía a Panamá: al separarse ésta, no fueron ricas ni Panamá ni Colombia.

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Actualmente, Colombia es el segundo país con mayor desigualdad social de América Latina, la región más desigual del mundo. El  42,5% de los colombianos, 21 millones, vive en pobreza general, y 4,7 millones de ellos, el 15,1%, en pobreza extrema; 14,2% están desempleados, 47% subempleados, y 54% de los hogares padecen inseguridad alimentaria. La tasa de analfabetismo para 2017 es de 5,4: gran parte de la educación superior exige costosas y a veces inaccesibles matrículas. El número de emigrantes crece acompasadamente; para 2020 la ONU registra 2.859.032 emigrantes, un 5,7% de la población. Informa  Wikipedia que más de seis millones de colombianos, uno de cada diez, viven fuera del país. Según el Presidente Nicolás Maduro, no menos de 5,6 millones han ingresado en los últimos años a Venezuela.
 

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La extrema concentración en pocas manos de la tierra generó  una docena de guerras civiles, la más prolongada y cruenta de las cuales arrancó con el asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán y la destrucción del centro de Bogotá en 1948. Con intermitencias, la contienda se arrastra hasta nuestros días, con resultados atroces que BBC Mundo totaliza en 220.000 asesinados, 25.000 desaparecidos y 30.000 secuestrados. A esta contabilidad macabra el informe Basta ya! Colombia: Memorias de Guerra y  Desigualdad, añade 5,7 millones de desplazados. Con el pretexto de que en una zona se desarrollan actividades militares, las autoridades expulsan a todos sus habitantes y los arrojan a  la indigencia en los caminos o  las márgenes de las ciudades. Las tierras así despobladas son  transferidas a oligarcas locales o  transnacionales agrícolas. Fue el método aplicado en Indonesia después de la masacre de más de medio millón de izquierdistas en 1965. El latifundio aniquila al campesinado.  

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En la más prolongada de las guerras de liberación nacional que conocemos, por no ceder un ápice a su pueblo la oligarquía  cede todo al hampa y a Estados Unidos. A mediados del pasado siglo, envía contingentes de su ejército a pelear en la Guerra de Corea en apoyo de los yankis.  En cumplimiento del  Plan Colombia,  entrega la soberanía al permitir la instalación de oficinas de la Drug Enforcement Administration y la ocupación por  siete bases militares estadounidenses, cuyos efectivos se pretenden inmunes a  leyes y tribunales locales. De hecho, todo aeropuerto colombiano es una base militar donde  aviones de guerra de Estados Unidos se guarecen, reparan, pertrechan  y reponen combustible. El país deviene incongruente socio de la europea  Organización del Tratado del Atlántico Norte. Para protegerse de la insurgencia, la oligarquía gasta lo que jamás hubiera cedido al pueblo. El ejército nacional crece hasta los 223.150 efectivos; el gasto militar hasta ocupar para 2019 el 3,15% de su PIB. Al mismo ritmo  se incrementan las denuncias de violaciones de derechos humanos­: la masacre de Jamundi en 2006,  el asesinato de diez mil personas  presentadas  como falsos positivos… En fin, la agresión se vuelca contra los países vecinos progresistas: la invasión de Ecuador en 2008, el intento de asesinato de Hugo Chávez Frías en 2004, el de Nicolás Maduro en 2019, la invasión mercenaria de Silvercorp en 2020 y la intrusión en Apure en 2021.  Colombia deviene brazo armado latinoamericano de la misma potencia que le arrebató Panamá.

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A pesar de su desmesurado crecimiento, el ejército  no se da abasto para contener la insurgencia. La oligarquía  crea infinidad de  bandas criminales privadas, los paramilitares, que oficialmente no existen y se encargan de las acciones que  los cuerpos armados no pueden cometer: eliminación de líderes sociales molestos,  exterminio de civiles inermes, desapariciones, torturas, descuartizamientos. Bajo este brazo armado prospera el negocio predilecto de la oligarquía: el cultivo, refinamiento y tráfico de  cocaína, de la cual es Colombia primer productor mundial, con  951 toneladas en 2019. Con tal financiamiento el paramilitarismo penetra todas las tramas sociales, impone alcaldes, congresistas, presidentes, la lúgubre trama conocida como parapolítica.

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El torrente de dinero de la droga y del contrabando de extracción no le basta a la oligarquía. Neoliberal consecuente,  otorga exoneraciones y exenciones al gran capital mientras carga  todo el peso de un reajuste financiero  sobre los económicamente débiles: intenta recaudar 6.800 millones de dólares con un aumento desproporcionado hasta 19%  del  recesivo Impuesto al Valor Agregado (IVA), así como del Impuesto sobre la Renta para los trabajadores. Es la gota que rebosa el vaso. El pueblo responde desde el 28 de abril con un paro nacional, con epicentro  en Cali. 

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La oligarquía y su gobierno han respondido con una represión brutal que hasta el 7 de mayo acumula cifras  de 1.728 episodios de violencia policial,  900 detenciones arbitrarias, 234 casos de violencia física, 11 de violencia sexual, 26 de heridas en los ojos. Para el 10 de mayo ya se reportan 50 asesinatos y más de 500 desaparecidos. Toda rebelión surte efectos tarde o temprano. A cada neoliberal le llega su sábado.  

TEXTO/FOTOS: LUIS BRITTO

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