
JAMAL KHASHOGGI, ASESINADO POR EL RÉGIMEN SAUDITA
Credito: Agencias
El 2 de octubre de 2018, el periodista saudí Jamal Khashoggi fue asesinado en el consulado de Arabia Saudí en la ciudad turca de Estambul. El reportero, que se había mostrado muy crítico con el régimen, recibió golpes y torturas antes de ser desmembrado con el objetivo de hacer desaparecer el cuerpo. Un crimen macabro que llenó de indignación a las sociedades occidentales y que puso de relieve la impunidad que hay en este país de la Península de Arabia.
Casi un año después, una completa investigación de Vanity Fair en distintas localizaciones del mundo ha mostrado que el caso Khashoggi no solo no fue un accidente, sino que hay una estrategia de secuestro, repatriación y en ocasiones asesinatos para aquellos que son considerados enemigos del estado. Estas persecuciones se han incrementado desde la llegada al poder de Mohammad bin Salman (príncipe heredero) en 2017.
Los supervivientes
La prestigiosa revista pone tres ejemplos de personas que pudieron correr la misma suerte que el periodista, pero que lograron librarse. El primero de ellos es el príncipe Khaled bin Farhan al-Saud, un miembro de la realeza que actualmente vive en Alemania y que defendió reformas en favor de los derechos humanos y la existencia de una oposición al régimen dinástico.
Dos semanas antes del asesinato de Khashoggi recibió una tentadora oferta por parte del Gobierno: 5,5 millones de dólares a cambio de restaurar las relaciones. Solo había un pero: debía presentarse en una embajada o consulado saudí para cobrar el dinero. La oferta fue rechazada y poco después vio cómo el periodista moría en unas circunstancias similares. Él tuvo suerte. El segundo de ellos es Omar Abdulaziz, disidente saudí y antiguo socio de Khashoggi. Juntos pretendían dar a conocer la situación de los presos en las cárceles saudíes y se enfrentaron a la propaganda gubernamental, difundiendo vídeos que mostraban la realidad.
En mayo de 2018 dos miembros de la Corte Real se presentaron en Canadá (él vive en Montreal) en compañía de su hermano y le pidieron que dejara el activismo y volviera a casa. La oferta, una vez más, era que fuera a la embajada a renovar el pasaporte. Rechazó la propuesta, pero su decisión tuvo un precio alto. Su hermano fue encarcelado en Arabia Saudí y a día de hoy no se conoce su paradero.
El tercer caso es el de Yahya Assiri, un alto cargo en la Real Fuerza Aérea de Arabia Saudí. El contacto de este hombre con los habitantes de Al-Taif fue haciendo que poco a poco se diera cuenta de algunos de los problemas sociales. Tanto es así que empezó a publicar mensajes en línea en los que hablaba sobre las injusticias, la corrupción o las duras realidades de la vida en el país. Tras ser descubiertas sus actividades, se marchó con su esposa a Reino Unido a empezar una nueva vida.
Una red compleja
Los tres son afortunados porque han logrado escapar hasta ahora de una compleja red que el Gobierno utiliza a su antojo para coaccionar, amenazar o atrapar a los críticos. En ocasiones, los ejecutores saudíes envían auténticos operativos con el fin de silenciar o neutralizar a sus enemigos. La mayor parte de aquellos que son apresados terminan desapareciendo; algunos están encarcelados; otros no se sabe qué es de ellos.
La vigilancia y persecución no se limita solo a Arabia Saudí, sino que está presente en numerosos países, y es despiadada e implacable, según la investigación de Vanity Fair. Da comienzo en Internet y se extiende a todos los ámbitos imaginables. Tras el asesinato de Khashoggi se reveló que el país había mandado escuadrones a través de las fronteras soberanas para repatriar de manera física a los disidentes.
Por ejemplo, el príncipe Sultan bin Turki fue drogado y sacado en secreto desde Suiza en dirección a Arabia Saudí y encerrado durante una década. Su salud se deterioró y solicitó tratarse en Estados Unidos, algo que le fue concedido. En 2014 presentó una demanda contra un régimen que pronto se iba a cobrar venganza. En 2016, el jet privado del príncipe iba a trasladarle desde Francia a Egipto, pero miembros del régimen le metieron en un avión del país y le trasladaron a Arabia Saudí. Nada más aterrizar, fue detenido. Desde entonces nadie sabe el paradero de bin Turki. Son solo algunos casos conocidos que muestran la brutalidad de una monarquía que no duda en silenciar por la fuerza a los disidentes.
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